viernes, 18 de julio de 2008

Proto-Eldor: relatos de un mundo que aún no existía...


DRAGONES CHINOS

I

Cada trescientos años la séptima luna de Eldor es el escenario de una tradición singular. Kolka, uno de los nueve dragones chinos que habitan en los espacios de la tercera galaxia, desciende desde su cueva de almas a luchar con el guerrero más poderoso de las tres centurias.
En algún año de la era segunda, las voluntades se inclinaron a favor de Aynara. No era la primera mujer que tenía el privilegio de enfrentarse a Kolka. Se sabía, o creía saberse, de leyendas acerca de Mirna, que aún con su brazo izquierdo partido en dos desde el principio del combate, se las había ingeniado para escabullirse de su rival durante días enteros en los tenebrosos pantanos de la séptima luna. O la anciana Gioconda, quien sabiéndose perdida desde el mismo momento en que fue elegida, y tal vez considerando que nada había ya que perder, acertó en una intentona brutal a clavar su hacha en el ojo izquierdo de Kolka, herida de la que nadie hasta ese entonces había podido jactarse.
Ninguna de ellas había resultado victoriosa en la batalla. Mirna, una vez

descubierta, ardió en las llamas calcinantes de una bocanada del dragón. Nunca supieron de Gioconda, pero tampoco ella regresó. Tampoco ninguno de los guerreros. Kolka, se decía, era invencible. Lo que estaba en juego, pensaban los habitantes de Eldor, era el privilegio de enfrentarlo con decencia.
Para Aynara el asunto no era tan sencillo. Cuando supo que era la candidata elegida, aún por encima de las habilidades de Theus y de Omar, la batalla comenzó a librarse en su mente. Lo que más le preocupaba era que aún estaba viva. Eso, por supuesto, era diferente a enfrentarse a Kolka después de haber sido reclamada a los muertos.
Tres años le concedieron los delegados del dragón chino para prepararse. Tres años en los que Aynara no logró apartar de su mente el desafío con que fue premiada. Tres años en los que sus habilidades con la espada y el arco crecieron como nunca se había visto en guerrero alguno. Tres años en los que los azorados rivales fueron cayendo uno a uno, sin poder concebir que dentro de aquel cuerpo de mujer simple pudiera refugiarse tanta perfección.
Los tres años más rápidos que alguien hubiera podido vivir. Y ahora estaba allí, a minutos de la verdad, en la séptima luna. La luna de los condenados. Los únicos espectadores.


II

Kolka era una criatura temible. Nadie, excepto sus ocasionales rivales, lo había visto.
Era mucho más grande de lo que Aynara había podido imaginar. Apareció solo, entre las nubes grises del mediodía, abriendo el cielo con una llamarada que iluminó toda la galaxia. Era la señal que los eldorianos esperaban desde el planeta. El combate estaba por empezar. La tensión de un universo en calma, expectante, parecía quebrar los delgados mecanismos que sujetan las mentes a los cuerpos. En cielos ajenos, lejanos, los dioses de todas las civilizaciones conocidas y por conocer pospusieron sus tareas de creación y destrucción para presenciar el espectáculo de la barbarie. La lucha desigual de una entidad invencible con una criatura mortalmente valiente.
Los segundos siguientes fueron tensos. Los ojos de Aynara se encontraron con los del dragón. No había odio. No había nada. En el izquierdo, tal vez como una premonición, Aynara pudo ver la cicatriz del hachazo de Gioconda.
El cielo se volvió rojo. Más rojo que los ojos del dragón. Con un movimiento rápido Aynara voló por sobre el cuerpo diez veces más grande de su oponente, desenfundando su espada de plata. El brillo de esa espada heredada de su padre, el gran Jaroslav, triunfador de las guerras del oeste, dio de lleno en los ojos rojos de Kolka, que lanzó un alarido terrible al sentir la primera estocada en su espalda. Hlâdik, la espada certera que en incontables combates de hombres había cercenado vidas jóvenes en manos de su padre, ahora, en manos de Aynara, había surcado la espalda del dragón en un movimiento suave, flojo, casi inocente, pero inesperado.
De un salto Kolka se colocó a espaldas de Aynara. Cuando se dio vuelta, no lo encontró. A su frente sólo había un guerrero. Un guerrero de cuerpo humano. No ya un dragón. Un guerrero sin rostro dentro de una armadura negra desde cuyas uniones salían destellos plateados que se opacaban enseguida, como si la energía que los provocaba ya no fuera suficiente.
El guerrero era Kolka.
Aynara dudó dos segundos. Tiempo suficiente para que su oponente tajeara su pierna derecha con su espada.
Dos segundos más tomó para convertirse en tigre y abalanzarse sobre Kolka.
Enredados en la furia incontenible de los animales heridos, cayeron a un bosque de pinos.
Antes que pudieran darse cuenta, corrían los dos a lo largo de un claro del bosque, esquivando ramas caídas en una persecución donde no se distinguía al perseguido del perseguidor. De a ratos el tigre veía su presa adelante, casi a su alcance, a menos de un salto, y entonces debía correr aún más para escapar de la estocada fatal que le venía por detrás.
Después de un tiempo infinito de persecuciones y desencuentros el tigre y el guerrero se miraron. En la espalda de Kolka la herida sangraba. Aynara no podía controlar su pierna derecha.
Esta vez fue Kolka, otra vez dragón, el primero en atacar. De un zarpazo dio con el tigre por los aires. Después de siete vueltas, Aynara volvió a su forma original, respiró profundo y emprendió la carrera. La última y fatídica carrera de su vida.
La espada de la guerrera se hundió rápido en el vientre del dragón. Volvió a salir bañada en sangre. El dolor fue insoportable. Entonces Kolka se retorcía en los albores de la muerte.
Te he vencido- dijo Aynara en un tono entre despectivo y solemne.
Eso piensas- respondió Kolka, - eso han pensado todos-. Y desapareció en una nube de polvo.
El cuerpo de Aynara comenzó a convulsionar con violencia. Grandes escamas comenzaron a surgir de sus brazos y piernas. Grandes garras desde sus manos y sus pies. Su mente comenzó a irse de a poco. Flotando lentamente sobre las galaxias que conoció y las que nunca había conocido, su pensamiento se fue vaciando, y una sensación de placentero dejarse ir la envolvió. Al cabo de un rato un dragón invencible ocupaba el cuerpo de la guerrera.
Desde Eldor, cuando otra vez vieron aquella llamarada que iluminó todo lo iluminable, supieron que el combate había terminado.

6 comentarios:

Hebert Zarrizuela dijo...

Pero qué no-ta-ble.
Me impresionaron dos partes: cuando se revela la cualidad polimórfica, y el final, desde luego.
Gran cuento que guardo en la cima de mis preferencias.
Un abrazote.
L.

Damián González Bertolino dijo...

¡Ah, bueeeno! ¿Pero cómo es esto? Vengo a descubrir recién en el día de la fecha la existencia de este blog... Felicitaciones, Peter, por el emprendimiento, que te tenías un poquitín guardado.

Leonardo dijo...

Hola, Pedro! Yo tampoco sabía nada. Tengo el honor de haber sido uno de los primeros en leer este cuento, que siempre me gustó... buenísimo, y darle pa' que tenga.

Rafael Tortt dijo...

Buenísimo. Me encantó el cuento. Estaba esperando que las heridas del dragón sanasen, o que algo similar sucediera, pero me ha sorprendido de verdad. Gracias.

Hebert Zarrizuela dijo...

Y lo vuelvo a leer después de un año, y me sigue gustando.
Abrazos nostálgicos.

Telemías dijo...

Leo!!!!!!!!!
recién veo tu comentario!!!

Gracias, amigo!!!!